No era ni las ocho de la mañana en la calle de tierra. Mi madre no estaba de pie, como en tu primera foto. Estaba sentada en un banquito bajo de madera, contra la pared encalada, conmigo en brazos. Me apretaba como si pudiera meterme dentro de su pecho.
Yo tenía 5 años y no entendía por qué dos tricornios se habían parado a mirarnos.
Para ellos no éramos vecinos. Éramos un artículo de su reglamento.
Bajo el franquismo el pueblo gitano continuó siendo objeto de graves discriminaciones. El Reglamento de la Guardia Civil de 1943, por ejemplo, establecía que «se vigilará escrupulosamente a los gitanos, cuidando mucho de reconocer todos los documentos que tengan, averiguar su modo de vida y cuanto conduzca a una idea exacta de sus movimientos y ocupaciones... conviniendo tomar de ellos todas las noticias necesarias para impedir que cometan robos...»
Ese artículo no se quitó hasta 1978. Casi cuarenta años.
En nuestro pueblo eso significaba:
1. La parada. Cada vez que entrábamos o salíamos del pueblo, la pareja de la Guardia Civil nos paraba. Documentación, de dónde venís, a dónde vais, qué lleváis en el carro. A los payos no. 2. La Ley de Vagos y Maleantes. Una ley de la República de 1933 que Franco mantuvo y endureció en 1954. Con ella podían detener a mi tío por "no tener domicilio fijo" o por "vida nómada", aunque lleváramos 100 años en esa misma calle. No hacía falta delito. Ser gitano ya era sospecha predelictiva. 3. El miedo a la noche. Mi madre me contaba bajito, para que yo no me enterara, que en Madrid corrió la orden de que iban a mandar a todos los gitanos a Fernando Poo, a Guinea. "Cuando Franco quiso mandarnos a Fernando Poo" le llamaban los viejos. No ocurrió, pero el miedo sirvió para tenernos quietos, en los barrios de fuera, en Lo Campano, en Los Mateos, en las chabolas que luego el Ayuntamiento llamaba "asentamientos segregados".
Esa mañana de la foto, los dos guardias no nos dijeron nada. No hizo falta. Se quedaron plantados a tres metros, mirando. Era la vigilancia escrupulosa.
Mi madre no me soltó. Me cantó una nana por lo bajini en caló, que también estaba prohibido. Yo no miraba a los guardias. Miraba a la calle, por si se iban.
Y no se fueron.
El relato no termina con una detención. La mayoría de las veces la persecución franquista no era una paliza en la plaza. Era eso: vivir toda tu infancia sabiendo que dos hombres de verde tenían por ley que desconfiar de tu madre, de tu forma de vestir, de tu forma de hablar, de tu forma de moverte.
Y que tú, con 5 años, ya eras culpable hasta que se demostrara lo contrario.