AVISO PARA COMENTARIOS SIN IDENTIFICACION Y RACISTAS

Todos los Comentarios que se viertan en este Blog deberan de contener datos Identificaivos de la Persona que los hace y cuando contengan Indices de Racismo y descalificacion a etnia,Raza,o Cultura estos seran eliminados automaticamente por el sistema y por defecto quedara la ip registrada en la base de datos de Google con el fin de tramitacion al departamento Policial competente para que proceda a su Investigación ya que el Racismo esta penado por ley en el Estado Español.


viernes, 14 de agosto de 2026

DE LOS SALVOCONDUCTOS A LA GRAN REDADA: CUANDO EL PODER CAMBIÓ LA PLUMA POR LA CADENA

DE LOS SALVOCONDUCTOS A LA GRAN REDADA: CUANDO EL PODER CAMBIÓ LA PLUMA POR LA CADENA
Hay historias que necesitan imaginación para ser contadas.
Y hay otras que tienen la mala costumbre de conservarse en los archivos.
La historia del pueblo gitano en España pertenece a las segundas.
El 12 de enero de 1425, en Zaragoza, el rey Alfonso V de Aragón, conocido como el Magnánimo, expidió un salvoconducto a favor de don Juan de Egipto Menor. El documento se conserva en el Archivo de la Corona de Aragón. No es una tradición oral, no es una leyenda, no es una reconstrucción romántica hecha siglos después.
Es un documento de la Cancillería Real.
Y conviene leer lo que dice.
El rey ordena a sus gobernadores, jueces, vegueres, bailes y demás oficiales que permitan a don Juan y a quienes lo acompañan andar, permanecer y transitar libremente por sus tierras. Debían protegerlos a ellos y sus bienes, y proporcionarles incluso paso y escolta segura si lo solicitaban. El salvoconducto tenía una vigencia de tres meses.
Hay algo casi poético en aquella orden.
Un rey medieval diciendo a sus funcionarios:
Déjenlos pasar. No los molesten. Protégéanlos.
Y resulta que se trataba de gitanos.
Aquí empieza la primera contradicción de esta historia.
Porque durante demasiado tiempo se nos ha contado que el pueblo gitano apareció en España como una especie de accidente humano, sin nombre, sin autoridad, sin historia y sin relación alguna con el poder.
Pero el archivo cuenta otra cosa.
El primer gitano cuya presencia en la Península está documentada aparece encabezando un grupo y protegido por un salvoconducto real.
La historia oficial puede tener mala memoria.
Los documentos, por suerte, suelen tener mejor.
Y junto a don Juan aparece don Tomás de Egipto Menor, identificado en la documentación como conde. El Archivo de la Corona de Aragón conserva incluso el requerimiento de Alfonso V al Justicia de Alagón para que procurase la devolución de unos perros que habían sido robados a Tomás.
Sí.
Hasta unos perros robados han dejado huella en los archivos.
Mientras que durante siglos la presencia, el sufrimiento y la resistencia de todo un pueblo apenas encontraron sitio en los grandes relatos de la historia.
Qué ironía.
La historia oficial consiguió conservar el expediente de unos perros y durante mucho tiempo dejó a los gitanos prácticamente fuera de sus páginas.
Pero los documentos fueron apareciendo.
Y detrás de los documentos apareció un pueblo.
Un pueblo que caminaba.
Que comerciaba.
Que peregrinaba.
Que tenía familias.
Que tenía autoridades.
Que tenía relaciones con los poderes de su tiempo.
Y que, sobre todo, tenía algo que después el poder intentaría quitarle: el derecho a seguir siendo él mismo.
Porque aquel primer momento de acogida no duró eternamente.
La relación cambió.
La curiosidad se convirtió en sospecha.
La sospecha se convirtió en prejuicio.
El prejuicio se convirtió en ley.
Y la ley terminó convirtiéndose en persecución.
En 1499 llegaron las primeras pragmáticas contra los gitanos en Castilla. Después vendrían muchas otras disposiciones destinadas a controlar su movilidad, sus oficios, sus asentamientos, sus costumbres y hasta aquello que podían o no podían conservar de su identidad.
Aquí aparece una de las grandes preguntas filosóficas de nuestra historia:
¿Cuándo deja un Estado de intentar convivir con un pueblo diferente y empieza a intentar fabricar otro pueblo a su medida?
Porque una cosa es convivir.
Otra muy distinta es exigir que para convivir tengas que dejar de ser quien eres.
Y esa diferencia atraviesa cinco siglos de historia gitana.
No fue una persecución de un día.
Fue una maquinaria.
Una ley detrás de otra.
Una prohibición detrás de otra.
Una sospecha convertida en norma.
Hasta que llegamos al siglo XVIII y a la monarquía borbónica.
Y aquí la historia deja de tener solamente sombras.
Aquí aparece la oscuridad.
En 1749, durante el reinado de Fernando VI, se puso en marcha la llamada Gran Redada, también conocida como Prisión General de los Gitanos.
La operación fue preparada en secreto. El 30 de julio de 1749 se ordenó detener a los gitanos y gitanas en diferentes lugares de España, sin distinción de sexo o edad. Hombres, mujeres y niños fueron apresados y separados.
No estamos hablando ya de una simple política de asimilación.
Estamos hablando de una operación de Estado contra una población definida por su pertenencia al pueblo gitano.
Y aquí es donde la investigación de Antonio Gómez Alfaro adquiere una importancia extraordinaria.
Su obra La gran redada de gitanos: España, la prisión general de gitanos en 1749, publicada en 1993, fue fundamental para recuperar del olvido aquel episodio y reconstruirlo a partir de la documentación conservada.
Gómez Alfaro hizo algo que la historia oficial parecía haber olvidado hacer:
preguntar dónde estaban los gitanos cuando España estaba escribiendo su historia.
Y encontró los documentos.
Después llegó Manuel Martínez Martínez, que continuó y amplió esa investigación. Y aquí conviene reconocer su aportación con claridad.
Martínez no se limitó a repetir lo ya conocido.
Profundizó en lo que había detrás de la Redada y en lo que vino después: el proyecto de exterminio, el cautiverio, la separación de hombres y mujeres y los destinos a los que fueron enviados los detenidos. También dedicó una investigación específica a las mujeres gitanas, mostrando no solamente su sufrimiento, sino también su rebeldía y resistencia durante el cautiverio.
Y esa palabra importa:
resistencia.
Porque existe una vieja costumbre historiográfica de presentar a los pueblos perseguidos únicamente como víctimas.
Pero un pueblo no sobrevive cinco siglos de persecución solamente porque otros tengan compasión de él.
Sobrevive porque resiste.
Porque recuerda.
Porque transmite.
Porque educa a sus hijos.
Porque conserva su cultura cuando se la intentan arrancar.
Porque, incluso cuando el Estado decide que debe desaparecer, alguien sigue diciendo:
Aquí estamos.
La Gran Redada pretendió romper precisamente eso.
Separar a los hombres de las mujeres.
Romper las familias.
Impedir la reproducción y la continuidad comunitaria.
Convertir un pueblo en individuos aislados que pudieran ser controlados más fácilmente.
Y ahí aparece la verdadera dimensión del proyecto.
No era solamente encerrar personas.
Era intentar romper la continuidad de un pueblo.
Pero fracasaron.
Y quizá esa sea la mayor ironía de todas.
El Estado tenía soldados, cárceles, órdenes, ministros, funcionarios y decretos.
El pueblo gitano tenía memoria.
Y la memoria terminó sobreviviendo a los decretos.
Por eso hoy podemos reconstruir aquella historia.
Por eso podemos hablar de don Juan de Egipto Menor.
De don Tomás.
Del salvoconducto de 1425.
De aquellos primeros grupos que recorrieron la Corona de Aragón.
De las pragmáticas.
De la persecución.
De Fernando VI.
Del marqués de la Ensenada.
De la Gran Redada.
De las mujeres que resistieron.
De los hombres que sobrevivieron.
Y de los descendientes de aquellos hombres y aquellas mujeres que todavía estamos aquí.
Hay algo profundamente filosófico en todo esto.
El poder suele creer que una ley es eterna porque la escribe con tinta oficial.
Se equivoca.
La ley puede durar cien años.
La memoria puede durar quinientos.
El poder puede cerrar una cárcel.
Pero no puede encarcelar para siempre la memoria de quienes estuvieron dentro.
Y aquí es donde la historia de don Juan de Egipto Menor adquiere todo su significado.
Porque entre aquel 12 de enero de 1425 y la noche del 30 de julio de 1749 hay más de tres siglos de historia.
Tres siglos en los que se pasó de:
“Dejadles pasar.”
a:
“Detenedlos.”
Esa es la línea que debemos mirar.
Primero fue el salvoconducto.
Después la sospecha.
Después la ley.
Después la persecución.
Y finalmente la cadena.
Pero hubo algo que nunca consiguieron encadenar completamente:
la identidad.
Y quizá por eso esta historia molesta todavía.
Porque obliga a hacerse una pregunta que ningún archivo puede esquivar:
¿Cómo puede un Estado que un día protegió a un pueblo terminar intentando destruirlo?
La respuesta no está en los gitanos.
Está en la enfermedad del poder cuando confunde la convivencia con la obediencia.
Cuando piensa que la diversidad es un problema que debe corregirse.
Cuando cree que la diferencia necesita permiso.
Y cuando termina creyendo que aquello que no puede controlar debe desaparecer.
Por eso hay que leer a Antonio Gómez Alfaro.
Y hay que leer a Manuel Martínez Martínez.
No para construir una historia de victimismo.
Sino para construir una historia con memoria, documentos y dignidad.
Gómez Alfaro ayudó a sacar la Gran Redada del silencio.
Martínez profundizó en aquel proyecto y mostró sus mecanismos, sus consecuencias y, de manera especialmente valiosa, la resistencia de las mujeres gitanas.
Entre ambos trabajos hay una lección que merece ser escuchada:
la historia del pueblo gitano no termina en el documento que ordena perseguirlo. Empieza también en la resistencia de quienes sobrevivieron.
Y aquí está la paradoja que quizá más debería incomodar a quienes todavía repiten viejos prejuicios:
Aquellos que pretendieron borrar al pueblo gitano de la historia acabaron dejando sus propias huellas en los archivos.
Y nosotros seguimos aquí para leerlas.
Ellos tuvieron decretos.
Nosotros tuvimos memoria.
Ellos tuvieron cárceles.
Nosotros tuvimos familia.
Ellos tuvieron poder.
Nosotros tuvimos resistencia.
Y cinco siglos después, aquí seguimos.
Quizá esa sea la verdadera derrota de quienes quisieron exterminarnos:
que necesitaron cientos de años de leyes para intentar acabar con un pueblo y, al final, lo único que consiguieron fue dejar constancia documental de que no pudieron hacerlo.
La historia, a veces, tiene un extraño sentido de la justicia.
Y esta vez, además, ha dejado los papeles firmados.

lunes, 10 de agosto de 2026

Carreño y Sus Nietos , Quevedo

Hoy día 10 de Agosto 2026 ,visita con mis nietos a Villanueva de Infantes a visitar la Historia de Quevedo .@Quevedo

miércoles, 29 de julio de 2026

Juan Carreño Trayectoria

Juan García Santiago

(Juan Carreño)

Biografía oficial

Juan García Santiago, conocido públicamente por el seudónimo Juan Carreño, es un activista social, mediador, escritor y divulgador español, cuya labor se ha centrado en la defensa de los derechos del pueblo gitano, la protección de los consumidores y la recuperación de la memoria histórica romaní.

Su actividad pública se ha desarrollado principalmente en Andalucía y la Región de Murcia, participando en proyectos educativos, sociales y culturales orientados a promover la igualdad de oportunidades, la inclusión social y el reconocimiento de la identidad del pueblo gitano.

Orígenes

Nacido en España en 1968, pertenece a una familia gitana andaluza. Desde joven mostró interés por la historia de su pueblo, la justicia social y la defensa de los sectores más vulnerables, valores que marcarían posteriormente toda su trayectoria pública.

Trayectoria social

A lo largo de su carrera ha participado en diversas iniciativas de mediación e intervención social, colaborando con asociaciones, administraciones públicas y entidades del tercer sector.

Entre las responsabilidades públicas documentadas figura su actividad como delegado de la Federación Autonómica de Asociaciones Gitanas (FAGA) en la Región de Murcia, donde participó en proyectos de mediación educativa y programas dirigidos a favorecer la inclusión escolar del alumnado gitano y la colaboración entre familias, centros educativos e instituciones.

Asimismo, ha desarrollado una intensa actividad en la defensa de los consumidores mediante labores de orientación, información y apoyo en reclamaciones frente a empresas y administraciones.

Escritor y divulgador

Bajo el nombre de Juan Carreño, ha publicado artículos dedicados a la historia del pueblo gitano, la memoria histórica, los derechos humanos y la justicia social.

Entre los temas que aborda destacan:

- La Gran Redada de 1749.
- El Samudaripen o genocidio del pueblo gitano.
- La historia del pueblo gitano en España.
- La cultura y las tradiciones romaníes.
- La fe cristiana y su dimensión social.
- La defensa de la igualdad y la convivencia.

Su estilo combina investigación histórica, reflexión social y un lenguaje divulgativo dirigido al público general.

Pensamiento

Gran parte de su producción escrita gira en torno a cuatro principios:

- La defensa de la dignidad del pueblo gitano.
- La recuperación de la memoria histórica.
- La igualdad de derechos y oportunidades.
- La importancia de la educación como instrumento de transformación social.

En numerosos escritos reivindica el reconocimiento institucional de episodios históricos sufridos por el pueblo gitano y promueve el diálogo intercultural como base de una sociedad más justa.

Actividad cultural

Ha impulsado iniciativas de divulgación sobre fechas de especial relevancia para la comunidad gitana, entre ellas el Día Internacional del Pueblo Gitano, el recuerdo del Samudaripen y la conmemoración de la Gran Redada de 1749.

Publicaciones

Entre sus principales líneas de trabajo destacan:

- Historia del pueblo gitano.
- La Gran Redada de 1749.
- Samudaripen.
- Derechos del pueblo gitano.
- Cultura e identidad romaní.
- Artículos de opinión sobre actualidad social.
- Reflexiones cristianas y valores familiares.

Reconocimientos

Su reconocimiento proviene principalmente de su trabajo en el ámbito asociativo y de la divulgación histórica y social. No constan, en las fuentes públicas consultadas, distinciones oficiales de ámbito estatal ampliamente documentadas.

Legado

La trayectoria de Juan García Santiago se caracteriza por la defensa constante de la memoria, la identidad y los derechos del pueblo gitano, así como por su compromiso con la justicia social y la protección de los consumidores. Su obra pretende contribuir al conocimiento de la historia romaní, combatir los prejuicios y fomentar una convivencia basada en el respeto, la igualdad y la dignidad de todas las personas.

domingo, 26 de julio de 2026

El Tío José Torres de Osuna

La noche del 30 al 31 de julio de 1749: la noche en que quisieron borrar a un pueblo
Hay noches que no terminan cuando amanece. Hay noches que atraviesan los siglos y siguen respirando en la memoria de quienes heredaron el dolor de sus antepasados. 

La noche del 30 al 31 de julio de 1749 fue una de ellas.
Mientras España dormía, el poder ya había decidido el destino de miles de hombres, mujeres y niños gitanos. No fueron detenidos por haber cometido un delito. 
No fueron juzgados por ningún tribunal. No hubo defensa, ni acusación, ni justicia. Su única culpa era haber nacido gitanos.

Todo había sido preparado con precisión. Existían censos. Se sabía dónde vivía cada familia, dónde estaban sus casas, sus fraguas, sus herramientas, sus animales y los modestos bienes levantados con años de trabajo honrado. La operación no fue improvisada: fue planificada desde las más altas instituciones del Estado.
Con las puertas de muchas ciudades cerradas para impedir cualquier huida, soldados y autoridades irrumpieron de madrugada en los hogares gitanos. La oscuridad fue cómplice de una decisión política que hoy continúa siendo una de las páginas más silenciadas de nuestra historia.
Entonces comenzó el desgarramiento.
Los niños mayores de siete años fueron arrancados de los brazos de sus madres para ser enviados junto a los hombres a galeras, arsenales, presidios, minas como las de Almadén y otros lugares de trabajos forzados. 
Las mujeres fueron conducidas a casas de misericordia, conventos de clausura o destinadas al servicio de familias aristocráticas, privadas de su libertad y de su vida.
En una sola noche se rompieron familias enteras. Se quiso romper también la continuidad de un pueblo.
Los bienes fueron confiscados. Las viviendas, las fraguas, los animales, el dinero, las herramientas de trabajo... todo quedó inventariado y vendido. 
Los propios documentos conservados en los archivos muestran un nivel de detalle estremecedor. Pilar Távora rescató uno de esos inventarios donde, junto a la casa y el dinero de un matrimonio gitano, aparecían anotadas dos camisas, una pequeña caja con un espejo, dos peines y un rosario. 
Hasta esos objetos íntimos fueron subastados para sufragar el coste del cautiverio de quienes habían sido encarcelados sin haber cometido delito alguno.

No solo les arrebataron la libertad. Les arrebataron incluso el derecho a conservar los recuerdos más humildes de una vida.
Aquella operación fue impulsada durante el reinado de Fernando VI, bajo la dirección del marqués de la Ensenada y con la participación de altas autoridades de la época, entre ellas el obispo Diego de Rojas y Contreras, conocido como obispo de Oviedo, cuya colaboración fue relevante en la ejecución del plan. Su propósito era acabar con la presencia del pueblo gitano como comunidad diferenciada mediante la separación forzosa de hombres y mujeres e impedir así su continuidad.

Aquel intento de genocidio dejó heridas que nunca terminaron de cicatrizar.
Sin embargo, la historia oficial apenas ha reservado unas líneas para aquellos acontecimientos. 
No ocupa el lugar que merece en los libros de texto. 

Tampoco se estudia en las universidades. Generaciones enteras han terminado sus estudios sin saber que una madrugada de 1749 miles de ciudadanos fueron perseguidos únicamente por pertenecer al pueblo gitano.
El silencio también puede convertirse en una forma de injusticia.
Hoy no reclamamos venganza. 
No pedimos que se nos devuelvan las casas, el dinero, las fraguas o las pertenencias que los archivos demuestran que fueron confiscadas. 

El tiempo no puede devolver lo que arrebató la violencia.
Lo que reclamamos es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: verdad, reconocimiento y memoria.

Porque un pueblo que desconoce el sufrimiento de una parte de su propia historia nunca termina de conocerse a sí mismo.
Reconocer la Gran Redada en toda su dimensión no divide a España. La hace más digna. 

No abre heridas; permite cerrarlas con la verdad. 
Porque solo cuando una sociedad es capaz de mirar de frente sus páginas más oscuras puede construir un futuro verdaderamente justo.
La madrugada del 30 al 31 de julio de 1749 no pertenece únicamente al pueblo gitano.
Pertenece a la conciencia de todos.
Jose torres de  Osuna

viernes, 24 de julio de 2026

Chipé Gitano Asesinado en Cartagena

decisión rápida y lo hizo. Estaban atrapados en la calle Sor Francisca Armendáriz y la muchedumbre comenzó a zarandear y golpear el vehículo. Antonio Martínez Norte lo vio claro. Sacó su arma y dirigiéndose a el Chipé le dijo: “Chipé, te voy a hacer un favor”. El detenido recibió un disparo en la base del cráneo que le causó la muerte. Seguidamente, Martínez Norte lo sacó del vehículo entregando el cuerpo del malogrado Chipé a la chusma y así, ante la confusión, el coche pudo abandonar el lugar.

 Muchos de los allí concentrados quedaron sorprendidos al ver el cadáver inerte a sus pies. La mayoría fue abandonando el lugar pero los más exaltados, un grupo de unos trescientos no conforme con su muerte, buscaron cuerdas, lo ataron por la cabeza y lo llevaron arrastrando hasta el Paseo de los Mártires de la Libertad, hoy Paseo de Alfonso XIII. Se dirigieron luego a la casa del veterinario Ramón Mercader, conocido derechista y protector de el Chipé, que lo contrataba como conductor de su carro para los viajes y también de guardaespaldas. Al llegar a la Plaza de España, se detuvieron donde vivía Mercader gritando: “Aquí tienes a tu protegido, tu cochero ha sido ajusticiado”.

 La marcha continuó por la calle del Carmen, Puertas de Murcia, calle Mayor y Plaza del Ayuntamiento en dirección al puerto. La cabeza de el Chipé golpeaba contra los adoquines. Llegados al muelle se les ocurrió que hacía mucho calor y pensaron en darle un remojón al cadáver, que debía de estar acalorado después de tan largo paseo. Después se dirigieron por el Paseo del Muelle hacia la zona de bares que se instalaban en verano. En la terraza del bar La Palma Valenciana colgaron el cadáver, después lo descolgaron y, atándolo por los pies, continuaron arrastrándolo hasta la Cuesta del Batel. Al llegar a las Puertas de San José, en la Plaza Bastarreche, lo rociaron de gasolina e intentaron prenderle fuego, pero el cuerpo no ardía ya que aún estaba mojado, así que pensaron que ya había sido suficiente y allí abandonaron el cadáver. Tuvo que ser a la mañana siguiente cuando miembros de la Cruz Roja recogieron al difunto y lo trasladaron al cementerio de los Remedios.

La muerte y posterior vejación del cadáver de el Chipé ha quedado en el recuerdo popular, surgiendo el dicho «te has de ver como el Chipé«, utilizado para dar a entender a otro el peligro de continuar en su postura errada.


martes, 21 de julio de 2026

La Puerta de Segura Jaén

La Puerta de Segura
Donde el río besa la piedra
y el puente abraza el ayer,
se detiene el alma en silencio
para aprender a volver.
Casas blancas de mil recuerdos,
montañas vestidas de sol;
cada rincón guarda una historia,
cada esquina, un corazón.
El agua pinta los reflejos
como un lienzo al atardecer;
y el tiempo, con manos de artista,
convierte la vida en ayer.
La Sierra susurra despacio
secretos que el viento llevó;
y quien pisa esta bendita tierra
ya nunca la olvida, por Dios.
La Puerta de Segura eterna,
tesoro de Jaén sin igual;
quien bebe de tus paisajes
siempre te vuelve a soñar.
Juan Carreño

viernes, 17 de julio de 2026

Juan Carreño

La Palabra
La mejor herramienta que tiene el hombre
no la forja el hierro ni la talla el fuego;
nace en el alma, cruza los labios
y deja huellas donde pisa el tiempo.
Con una palabra se levanta un caído,
se calma una tormenta,
se abraza una herida
y se enciende una esperanza.
Pero también una palabra sin conciencia
puede romper lo que el corazón tardó años en construir.
Por eso, antes de hablar,
deja que el corazón aconseje a la lengua,
porque quien honra su palabra
honra también su nombre.
La mejor herramienta que tiene el Hombre es la Palabra.