La noche del 30 al 31 de julio de 1749: la noche en que quisieron borrar a un pueblo
Hay noches que no terminan cuando amanece. Hay noches que atraviesan los siglos y siguen respirando en la memoria de quienes heredaron el dolor de sus antepasados.
La noche del 30 al 31 de julio de 1749 fue una de ellas.
Mientras España dormía, el poder ya había decidido el destino de miles de hombres, mujeres y niños gitanos. No fueron detenidos por haber cometido un delito.
No fueron juzgados por ningún tribunal. No hubo defensa, ni acusación, ni justicia. Su única culpa era haber nacido gitanos.
Todo había sido preparado con precisión. Existían censos. Se sabía dónde vivía cada familia, dónde estaban sus casas, sus fraguas, sus herramientas, sus animales y los modestos bienes levantados con años de trabajo honrado. La operación no fue improvisada: fue planificada desde las más altas instituciones del Estado.
Con las puertas de muchas ciudades cerradas para impedir cualquier huida, soldados y autoridades irrumpieron de madrugada en los hogares gitanos. La oscuridad fue cómplice de una decisión política que hoy continúa siendo una de las páginas más silenciadas de nuestra historia.
Entonces comenzó el desgarramiento.
Los niños mayores de siete años fueron arrancados de los brazos de sus madres para ser enviados junto a los hombres a galeras, arsenales, presidios, minas como las de Almadén y otros lugares de trabajos forzados.
Las mujeres fueron conducidas a casas de misericordia, conventos de clausura o destinadas al servicio de familias aristocráticas, privadas de su libertad y de su vida.
En una sola noche se rompieron familias enteras. Se quiso romper también la continuidad de un pueblo.
Los bienes fueron confiscados. Las viviendas, las fraguas, los animales, el dinero, las herramientas de trabajo... todo quedó inventariado y vendido.
Los propios documentos conservados en los archivos muestran un nivel de detalle estremecedor. Pilar Távora rescató uno de esos inventarios donde, junto a la casa y el dinero de un matrimonio gitano, aparecían anotadas dos camisas, una pequeña caja con un espejo, dos peines y un rosario.
Hasta esos objetos íntimos fueron subastados para sufragar el coste del cautiverio de quienes habían sido encarcelados sin haber cometido delito alguno.
No solo les arrebataron la libertad. Les arrebataron incluso el derecho a conservar los recuerdos más humildes de una vida.
Aquella operación fue impulsada durante el reinado de Fernando VI, bajo la dirección del marqués de la Ensenada y con la participación de altas autoridades de la época, entre ellas el obispo Diego de Rojas y Contreras, conocido como obispo de Oviedo, cuya colaboración fue relevante en la ejecución del plan. Su propósito era acabar con la presencia del pueblo gitano como comunidad diferenciada mediante la separación forzosa de hombres y mujeres e impedir así su continuidad.
Aquel intento de genocidio dejó heridas que nunca terminaron de cicatrizar.
Sin embargo, la historia oficial apenas ha reservado unas líneas para aquellos acontecimientos.
No ocupa el lugar que merece en los libros de texto.
Tampoco se estudia en las universidades. Generaciones enteras han terminado sus estudios sin saber que una madrugada de 1749 miles de ciudadanos fueron perseguidos únicamente por pertenecer al pueblo gitano.
El silencio también puede convertirse en una forma de injusticia.
Hoy no reclamamos venganza.
No pedimos que se nos devuelvan las casas, el dinero, las fraguas o las pertenencias que los archivos demuestran que fueron confiscadas.
El tiempo no puede devolver lo que arrebató la violencia.
Lo que reclamamos es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: verdad, reconocimiento y memoria.
Porque un pueblo que desconoce el sufrimiento de una parte de su propia historia nunca termina de conocerse a sí mismo.
Reconocer la Gran Redada en toda su dimensión no divide a España. La hace más digna.
No abre heridas; permite cerrarlas con la verdad.
Porque solo cuando una sociedad es capaz de mirar de frente sus páginas más oscuras puede construir un futuro verdaderamente justo.
La madrugada del 30 al 31 de julio de 1749 no pertenece únicamente al pueblo gitano.
Pertenece a la conciencia de todos.
Jose torres de Osuna