Sentado junto a la lumbre,
con la noche por testigo,
vive un anciano gitano
de palabra firme y digno.
Sombrero de siglos puestos
sobre canas de camino,
en su bastón va la historia
de lo que fue y lo vivido.
No alza la voz, no hace falta,
su mirada da el aviso:
el orden nace del alma,
el respeto es compromiso.
Aprendió ley sin papeles,
la justicia en el oído,
que el honor no se presume,
se demuestra en el destino.
Saluda al fuego primero,
luego al pan y a los vecinos,
porque quien olvida el rito
pierde el norte y el sentido.
Es gitano de los viejos,
de los que marcan el ritmo,
cuando habla, calla el tiempo
y escucha todo el camino.
Y así, entre brasa y silencio,
custodia lo que hemos sido:
memoria, orden y respeto
del pueblo gitano vivo.