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martes, 13 de mayo de 2025

Dia de la Resistencia Romani


 

El Día de la Resistencia Romaní se conmemora cada 16 de mayo en honor al levantamiento del pueblo gitano en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau en 1944, cuando cientos de hombres, mujeres y niños romaníes se resistieron a ser exterminados por los nazis.

Este día recuerda la persecución histórica sufrida por el pueblo romaní, especialmente durante el Holocausto —donde se estima que fueron asesinados entre 220.000 y 500.000 romaníes— y celebra su dignidad, lucha y resistencia frente al racismo y la discriminación.

Es una jornada de memoria, reivindicación y visibilidad para promover los derechos del pueblo gitano en todo el mundo.

domingo, 4 de mayo de 2025

Antón Cortés Vargas, el Herrero de Toledo – 1625"


 Antón Cortès Vargas Toledo 1625

Antón Cortés Vargas, el Herrero de Toledo – 1625"

Una historia real contada con el alma por Kako Julián Cortés.

Toledo, año de gracia de 1625. En plena España del Siglo de Oro, mientras se escribían versos para reyes y se alzaban iglesias para los poderosos, un gitano llamado Antón Cortés Vargas martillaba hierro candente en su fragua humilde, al pie de la ciudad imperial. No era noble ni rico, pero tenía algo que no se compra con ducados: dignidad y respeto ganado con el sudor de sus manos.

Antón era hijo y nieto de herreros gitanos, nacidos entre la Mancha y las riberas del Tajo. Desde pequeño conoció la dureza del yunque y la injusticia de los edictos reales contra su pueblo. Ya en 1619, Felipe III había ordenado el destierro forzoso de todos los gitanos. Eran tiempos oscuros: por ser gitano bastaba para que te condenaran al trabajo forzado, a galeras o a la muerte. Pero Antón no huyó. Él se quedó en Toledo, manteniendo su fragua abierta como acto de resistencia y honra.

Durante años fue conocido por su habilidad y fuerza, herrando caballos, fabricando herramientas y dando pan a su familia con su oficio. Pero también era conocido por su valentía serena. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, su voz era firme como el acero que forjaba.

En 1625, cuando los alguaciles llegaron a su taller acusándolo de “vagancia y rebeldía”, el mismo delito que usaban para acabar con miles de gitanos en Castilla, Antón no se dobló. Con el martillo aún caliente en la mano, les dijo:m

 “Aquí se forja hierro, sí, pero también se forja vida. Y esta vida mía no se doblega ni ante reyes si no hay justicia.”

Fue arrestado y encarcelado por no abandonar su lengua, su oficio y su raza. Pero en la cárcel, siguió forjando el alma de los que lo rodeaban. Enseñó su oficio a otros presos y nunca negó su sangre gitana. En los registros de la época figura como uno de los pocos herreros gitanos que, aún condenado, dejó constancia escrita de su procedencia y su lucha. Una rareza en un tiempo en que hasta los nombres de los gitanos eran borrados.

Murió lejos de su fragua, pero su historia no se apagó con el fuego de su taller. Entre los gitanos viejos se dice que cada vez que un martillo golpea un yunque en Castilla, el alma de Antón Cortés Vargas revive. Porque él no forjó solo hierro: forjó respeto.


Maria "La Churí" 1590 Granada


 Maria "La Churí" 1590 Granada

Relato de María Jiménez Cortés, “La Churí”

Granada, 1590 –

Por Kako Julián Cortés 

"No es el viento el que decide la dirección de un barco, sino la voluntad del que lo gobierna."

Hoy, quiero hablarles de una mujer que, contra todo viento y marea, se levantó como un faro de resistencia en un mundo que intentaba hundirla. María Jiménez Cortés, conocida en su pueblo como “La Churí”, fue mucho más que una mujer gitana. Fue la encarnación de la valentía, de una fuerza de voluntad que ni la persecución, ni el miedo, ni la Inquisición pudieron doblegar.

María nació en 1590, en el corazón de Granada, una ciudad de contrastes, de belleza y opresión, donde las ruinas de un pasado glorioso convivían con la mano pesada de la ley. Desde pequeña, María aprendió que la vida no se regala, que el mundo no ofrece piedad a aquellos que no siguen las reglas del poder. Su madre le enseñó a curar con hierbas y su abuela le mostró los secretos del alma gitana, transmitiéndole el fuego que corre por las venas de todos los que se atreven a ser diferentes.

A los veinte años, María ya se había ganado la reputación de curandera y cantaora, y no era una simple sanadora. Sus manos, aquellas que acariciaban las plantas para extraer su medicina, también eran las mismas que tocaban las cuerdas de un alma rota, al son de las coplas gitanas que hacían estremecer el aire. Pero lo que más la definía era su fuerza. Una fuerza que nunca temió al poder, ni siquiera cuando la Inquisición la marcó como objetivo.

Fue en el año 1613 cuando su vida dio un giro que la convertiría en leyenda. La Inquisición la acusó de "hechicería y prácticas supersticiosas", una acusación que no era nueva para los gitanos, pero que para María fue el comienzo de una batalla por su propia existencia. Pero no era una víctima, nunca lo fue. María no se inclinó ante los inquisidores. De pie, con los ojos fijos en los jueces, pronunció unas palabras que resonaron en las paredes del tribunal:

— “No soy bruja. Soy la hija de la tierra. La misma tierra que cura, que da vida. No me humillaré ante quienes temen la luz del conocimiento que no pueden controlar.”

Su respuesta fue un acto de valentía sin igual, y no es que no temiera. Todos temían a la Inquisición, pero ella sabía que el miedo solo se vence enfrentándolo.

El pueblo entero, gitanos y payos, se levantaron en su defensa. Los testimonios no tardaron en llegar, y en la plaza central, donde las murmuraciones de las voces populares se alzaban como un grito de justicia, muchos se unieron para declarar lo evidente: María no era una bruja, sino una mujer que usaba lo que la tierra le daba para aliviar el sufrimiento humano.

Sin embargo, la lucha no fue fácil. María enfrentó la posibilidad de ser quemada en la hoguera, pero jamás se rindió. En las noches frías, cuando sus enemigos pensaban que ya había sido derrotada, ella seguía sanando, protegiendo a los suyos, enseñando a las mujeres de su pueblo que no era el miedo lo que debía guiar sus pasos, sino la fuerza de la voluntad.

El tribunal finalmente la absuelve, pero la historia de María, la mujer que desafió a la Inquisición, no murió en las frías actas de juicio. Se convirtió en leyenda. María la Churí vivió como una guerrera de la vida, luchando por los suyos, por las mujeres, por su gente. Y cuando su tiempo en esta tierra llegó a su fin, no hubo lamentos. No hubo lágrimas. Solo hubo canto.

Porque María Jiménez Cortés, la Churí, no solo fue una mujer libre, sino un símbolo de todo lo que el pueblo gitano representa: una lucha constante, una resistencia que no se dobla, una llama que no se apaga.


jueves, 1 de mayo de 2025

SEÑALES HUEYAS DE NUESTRO PUEBLO


  Señales y hueyas de nuestro pueblo gitano

SEÑALES HUEYAS DE NUESTRO PUEBLO

Por Julián Cortés


Nadie lo veía, pero en cada piedra, en cada tronco rajado o en la esquina de una puerta, nuestros mayores dejaron mensajes. No con palabras, sino con señales. Las señales hueyas. Marcas sagradas que los gitanos sabían leer con el alma. Eran como faros en la oscuridad para quien no tenía tierra fija. Quien venía detrás, al verlas, sabía lo que el lugar guardaba: peligro, ayuda, desprecio, o pan caliente.

Las hacíamos con una tiza de yeso, con carbón o con un simple palo afilado en la tierra húmeda. No eran dibujos, eran susurros entre nosotros. Nadie más los entendía.

Una vez, a la salida de un pueblo de Castilla, un gitano viejo, herido en la pierna, hizo un círculo con una cruz dentro junto al camino. Estaba solo, sin fuerzas. Pero dejó la señal. Y gracias a ella, al día siguiente, una familia nuestra encontró el lugar, le curó la herida y le salvó la vida. “La gente es muy generosa y comprensiva con los Gitanos”, decía ese símbolo. Y era verdad. Allí, por una vez, no nos miraron con desprecio.

Otro símbolo, en cambio, una cruz simple, significaba: “Aquí no dan nada.” Y cuando lo veíamos, no hacía falta más. Nos íbamos. Porque nuestros mayores sabían que el respeto se gana también sabiendo cuándo marcharse en silencio.

Cada señal era una palabra sin voz, un escudo, una advertencia. Decían sin decir:


1. Aquí no dan nada.

2. Suplicantes mal recibidos.

3. Gente generosa.

4. La gente es muy generosa y comprensiva con los Gitanos.

5. Aquí se consideran a los Gitanos como ladrones.

6. Puede echar la buena ventura.

7. La señora quiere un hijo.

8. Ella ya no quiere tener un hijo.

9. Una anciana murió recientemente.

10. Un anciano murió recientemente.

11. Argumentos a favor de la herencia.

12. El maestro acaba de morir.

13. La señora está muerta.

14. La señora tiene poca moral.

Una tarde tranquila, bajo una encina vieja del sur, el gitano mayor —al que todos llamaban Abuelo Ramón— reunió a los niños y niñas de la barriada. Se sentó con su bastón, el alma cansada pero firme, y sacó un palo largo.

—Hoy os voy a enseñar lo que no se enseña en la escuela, ni se encuentra en los libros de los payos. Hoy os voy a enseñar las señales hueyas —dijo con solemnidad.

Los pequeños lo rodearon con respeto, en silencio. Ramón empezó a trazar en la tierra.

—Esta es la número uno: una cruz simple. Peligro. No entréis donde veáis esto.

—Esta otra, la número tres: un círculo. Gente generosa. Aquí se puede pedir con dignidad.

—Y esta, con una cruz dentro del círculo: los mejores. Dan pan, dan palabras buenas… y dan respeto.

Y siguió, señal por señal. Cada trazo era como si desenterrara una parte del alma del pueblo.

—Las inventaron nuestros abuelos —dijo Ramón— cuando el mundo no tenía sitio pa’ nosotros. Las inventaron para avisarnos, para cuidarnos. Para que ni el hambre, ni el desprecio, ni la Guardia Civil nos pillara desprevenidos.

Los niños dibujaron las señales en la tierra, uno por uno, como si fuera un ritual. No sabían que, al hacerlo, estaban grabando en su memoria una lengua secreta que los protegería.

—Y ahora —dijo el viejo con los ojos brillantes—, os toca a vosotros. Cuando yo ya no esté, alguien tendrá que enseñar esto mismo a los que vengan detrás.

Y así, bajo la encina, con los dedos manchados de tierra y las almas limpias, los niños y niñas gitanas aprendieron que no solo somos quienes caminan, sino quienes recuerdan, quienes avisan, quienes cuidan. Porque mientras uno solo de nosotros sepa leer las señales hueyas, el pueblo gitano nunca andará perdido.


NOS ROBARON LOS GALGOS

      A los gitanos nos robaron los galgos

             NOS ROBARON LOS GALGOS


Relato 

Por Julián Cortés.

La historia real del edicto del rey Alfonso V en favor de los gitanos de Egipto Menor

Año del Señor de 1425.

Por los caminos del Reino de Aragón avanzaba una caravana distinta. No eran mendigos ni soldados. Eran gitanos. La encabezaban Juan de Egipto Menor, llamado también el Viejo, y su primo Tomás, ambos reconocidos por muchos como “condes de Egipto Menor”. Traían consigo un salvoconducto real firmado por Alfonso V, rey de Aragón, que les permitía atravesar sus tierras con dignidad, rumbo a Santiago de Compostela.

Eran más de cien. Mujeres, niños, ancianos y herreros. Y junto a ellos, sus compañeros fieles: los galgos. Perros criados con amor y orgullo, símbolos de respeto, cazadores elegantes que corrían por la libertad. Uno era negro como la noche: Sombra. Otro, pardo y veloz: Liri.

Una madrugada de lluvia, mientras acampaban cerca de Tudela, llegaron hombres armados. Se llevaron los galgos a la fuerza, como si el orgullo gitano fuera botín. Hubo gritos. Un niño cayó herido. Las mujeres taparon a los pequeños con sus cuerpos. Los hombres apenas alcanzaron a ver las siluetas perdiéndose entre la niebla.

Al día siguiente, Juan pidió justicia. Mostró el documento del rey. Pero el alcalde le respondió:

—Ese papel no vale nada si lo trae uno de los vuestros.

Y entonces, no solo les robaron los galgos. Les robaron la palabra. Les robaron la justicia.

Pero Juan no se rindió. Envió emisarios a la corte. Y el 12 de enero de 1425, el rey Alfonso V dictó un edicto real: ordenó que se devolvieran los galgos, y que nadie osara molestar a los gitanos que viajaban bajo su protección.

Pero la herida ya estaba abierta.

Aquel niño herido aquella noche, hijo de un herrero, jamás olvidó. Ya de adulto, decía:

—Nos persiguieron primero por tener algo noble. Si un gitano podía criar galgos… entonces no era tan inferior como les convenía.

Así empezó todo. Años después llegaron las leyes contra nuestro pueblo, las cárceles, las expulsiones. Pero la primera herida fue el desprecio disfrazado de silencio.

Y por eso, aún hoy, cuando un viejo gitano oye a lo lejos un galgo correr, dice:

—Corre, galgo… pero no olvides a quién le robaron primero.


martes, 29 de abril de 2025

TERESA LAGITANA PARTERA


 Teresa la partera gitana 

Valladolid, finales del siglo XVIII

Había una mujer gitana en la Costanilla, el barrio más antiguo de Valladolid, que la gente respetaba como si fuera enviada por el mismo Devel. Se llamaba Teresa Jiménez. Nació en 1754, hija y nieta de parteras, en un mundo donde ser gitano era ya una sentencia. A ella la parieron entre el barro, el viento y la lumbre, con un rezo entre dientes y una cinta roja anudada a la muñeca.

Desde pequeña aprendió a escuchar los cuerpos y a mirar el dolor sin miedo. Sabía leer el vientre de una mujer como otros leen las estrellas. Tenía las manos curtidas, fuertes como raíces viejas, y los ojos llenos de historias que no necesitaban palabras.

A Teresa la llamaban cuando nadie más se atrevía. En los hospitales no dejaban entrar a gitanos. En las iglesias los miraban como si contaminaran el aire. Así que cuando una mujer sentía la muerte cerca y la vida empujando desde dentro, mandaban por Teresa.

En el barrio de Las Tenerías, donde el río se abrazaba a la tierra y el olor a lumbre se mezclaba con la humedad de los telares, las mujeres la esperaban con el alma en vilo. Una noche cerrada de invierno, con la nieve cubriendo los tejados de la Costanilla, la buscaron de urgencia. Rafaela Vargas, una muchacha de apenas dieciséis años, se retorcía de dolor en una choza de adobe. Su marido, Manuel Cortés, lloraba como un niño en la esquina, impotente.

Teresa llegó envuelta en su capa, con un candil y una oración en kaló (BATO MIRÓ DIÑELAMÉ ZOROLÍPÉN) Se arrodilló entre el barro del suelo, mojó su camisa en agua caliente, y alzó las manos al cielo. El bebé venía de nalgas. Había sangre, gritos y frío. Y sin embargo, ella no tembló. Habló al vientre con una firmeza antigua, le susurró a Devel y, con fuerza, giró al niño dentro.

Horas después, el llanto de una niña morena rompió la noche.

—Eres un ángel, Teresa —murmuró Rafaela, agotada, con los ojos anegados.

Pero Teresa no respondió. Solo se levantó, se ajustó la capa, y se marchó en silencio como siempre, dejando el calor de la vida detrás de ella.

A veces, la llamaban a lugares donde ni el alma quería entrar. Como aquella vez que una joven gitana, María, estaba presa por robar pan. Iba a parir en una celda húmeda y sola. Los soldados no querían dejar pasar a nadie. Pero Teresa entró con la cabeza alta, los ojos duros como cuchillos. No pidió permiso. Entró, punto.

La celda olía a muerte. María lloraba. Teresa se agachó, tocó su cara, y le dijo:

—Tú no vas a morir hoy, hija. Ni tú, ni tu criatura.

Y así fue. Con barro hasta los tobillos y soldados mirando con desprecio, trajo al mundo otro hijo gitano. Nadie le dio las gracias. Nadie le tendió una manta. Solo el niño lloró. Y ese llanto fue el único testigo del milagro.

La ciudad cuchicheaba sobre las gitanas de Las Tenerías, pero ninguna sabía lo que costaba parir en la miseria, entre el miedo y la injusticia. Teresa lo sabía. Y por eso luchaba con lo que tenía: sus manos, sus rezos y su rabia. Cuando quisieron borrar los nombres de los niños gitanos del registro, ella bordó cada nombre en trapos de lino, los cantó junto al fuego, los repitió una y otra vez como si fueran conjuros. Porque sabía que borrar un nombre era borrar una historia. Y eso, no lo iba a permitir.

—Si nos quitan los nombres, nos quitan la sangre —decía con los dientes apretados.

Una noche, cuando el frío se metía hasta los huesos, corrió la voz de que María estaba enferma otra vez. No tenía comida. No tenía techo. Teresa reunió a otras mujeres. No pidieron ayuda. Fueron por ella. Entraron en la casa del corregidor, sacaron a María envuelta en una manta, y la llevaron de vuelta al barrio, donde el fuego aún ardía.

—La sangre no se borra, María. Ni la de un parto, ni la de una injusticia —le susurró Teresa, con la frente pegada a la suya.

En 1825, Teresa tenía más de setenta inviernos sobre la espalda. Caminaba más despacio. Pero sus ojos seguían encendidos. Un atardecer la encontraron sentada frente a su casa, con una manta sobre las piernas, mirando al horizonte. Parecía dormida. Estaba en paz.

No hubo misa. No hubo cura. Pero las mujeres del barrio se acercaron con flores silvestres, cánticos en kaló y lágrimas sin vergüenza. Rafaela lloró como una niña. María del Carmen, la hija que trajo al mundo aquella noche helada, dejó una cinta roja en su tumba.

—Para que no tengas miedo en el camino, abuela.

Teresa no tuvo estatuas. Ni libros. Ni homenajes. Pero mientras haya un niño gitano naciendo en silencio, mientras una mujer rece en kaló con las manos manchadas de barro, Teresa vivirá en cada uno de ellos.

Porque ser gitana, ser partera, ser mujer… fue su forma de resistir.

Y lo fue hasta el último aliento.

Relato Kako Julián Cortés


sábado, 26 de abril de 2025

LA GRAN REDADA EN ARSENAL DE CARTAGENA

 La Gran Redada fue una operación llevada a cabo en 1749 por el gobierno de Fernando VI en España, con el objetivo de capturar y reprimir a los gitanos. Aunque la operación se realizó en diferentes partes del país, Cartagena, siendo un importante puerto y base naval, podría haber estado involucrada en la logística o en la detención de gitanos en el contexto de la región de Murcia.

Durante la Gran Redada, se ordenó el apresamiento de todos los gitanos del Reino, incluyendo hombres, mujeres, ancianos y niños. Muchos fueron enviados a arsenales y otros lugares de trabajo forzado, separados de sus familias y comunidades, lo que tuvo graves consecuencias para la población gitana en España.
El Arsenal de Cartagena, como instalación militar importante, podría haber sido utilizado para recluir o trabajar a algunos de los gitanos detenidos durante esta operación. Sin embargo, los detalles específicos sobre el número de gitanos enviados allí o las condiciones exactas en que fueron mantenidos pueden requerir una investigación más profunda en archivos históricos específicos.